No fue en el Coliseo ni la Fontana de Trevi lo que cambió mi viaje a Roma, sino una anciana de manos arrugadas que me enseñó a amar la pasta en un callejón escondido. Aquella tarde, descubrí que Italia no solo se ve, se saborea.
Mientras caminaba bajo los cerezos en flor, un hombre mayor me ofreció té verde en silencio. No hablábamos el mismo idioma, pero sus ojos me dieron más que mil palabras: en Japón, la belleza está en lo que no se dice.
A 4.000 metros de altura, con las piernas temblorosas y el aire en calma, una pastora quechua me tendió chullo de lana colorida. “Pachamama te protege”, murmuró. Y en ese instante, entendí que las montañas no son piedras: son espíritu.
El olor a especias, el regateo de los vendedores, el azul cobalto de las puertas… Todo en la medina era caótico y perfecto. Hasta que un niño me llevó de la mano a probar un té de menta en la casa de su Abú, en medio del bullicio, encontré el silencio la generosidad.
Bajo un cielo tachonado de estrellas, un hombre aborigen me enseñó a escuchar la tierra. El digeridoo no es un instrumento; dijo: “Es el latido del mundo”. Y esa noche, el desierto me cantó una canción que nunca olvidaré.
Las luces verdes del norte no loco hasta que un granjero islandés me dijo: “No las captures, déjalas que te abracen a ti”. Y así fue. Esa noche, el cielo me envolvió en verde y violeta, y nada fue igual.